Colores, sabores, personas  en movimiento, daban vida al Barrio de las Letras.  Sentada en una pequeña mesa, jugando con un lápiz sobre la servilleta de papel, escribía una poesía que fluía casi con la misma magia de ese escenario natural. De pronto, bastó una mirada que cruzó el aire del lugar, en sentido diagonal, desde la primera mesa  a la última.

       Luego vino un hola, un café irlandés pleno de sabores mezclados y de encuentro.  Le siguió  una cena tailandesa, el sabor dulce y picante del jengibre, los pétalos de rosas rosadas con salsa thai. Todos, mezclados con el perfume a flores de azahares y jazmines de ella. Imaginaba la Calle Sabor, los aromas de su México y la harina de maíz fundida en tortillas de queso.   Principio y fin. Viento y agua. Remolino de pasión de una noche.

        Fue tan sólo una mirada. Luego, se escuchó el sonido de la llegada del tren. El esperaba en el andén. Al detenerse, se subió rápido. Ella, quedó con la mirada fija a la ventanilla que tenía enfrente. Sentía frío por su rostro, como si tocara con él, el vidrio. El mismo frío de los cubos de hielo sobre el vodka con gotas de naranja que endulzaron  su primer encuentro; sólo que ahora, con sabor  agridulce a despedida.

       Cerró los ojos y sintió el último beso, de chocolate y pimienta. Súbitamente, al abrirlos, recordó que fue el primer beso, de hace diez años, cuando esa noche fue el comienzo. Comienzo de una  pasión con sabor, añejada como el buen vino, por el tiempo.

Marisa E. Avogadro. Periodista - Escritora -  Sección RazónArte, revista Razón y Palabra, ITESM, ´Campus Estado de México, Setiembre 2011